Los vendedores de ilusiones y las huérfanas de la esperanza

Uno de los políticos más importantes del siglo XX en Cuba es más conocido por la frase: “En Cuba las mujeres mandan”, que por su desempeño como primer mandatario. Lo dijo hace ya la friolera de 72 años. Y al menos así debió ser porque desde entonces las mujeres cubanas han sido la mitad de la población del país y a las que se le exige y responsabiliza con el devenir de la otra mitad.

El expediente de la Revolución cubana a favor de las mujeres es meritorio y, a la vez, polémico. Echemos un vistazo a las estadísticas de hoy mismo: las cubanas constituyen el 66% de los profesionales y técnicos del país, ocupan el 49% de curules del Parlamento, gobiernan en 10 de las 15 provincias, en 66 de los 169 municipios, son casi la mitad de los miembros del Consejo de Estado, varias son ministras y dos son vicepresidentas del País. Impresionante.

Sin embargo, a pesar del desempeño descrito, suficiente para sobre cumplir con las metas de la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer (Conferencia de Pekín, 1995) en materia de educación, empleo, derechos sexuales y reproductivos, normativa jurídica con enfoque diferencial y otros propósitos; a pesar de ello, las mujeres en Cuba no mandan y, valga la aclaración, aquí no se hace referencia a un matriarcado ahistórico y trasnochado sino a una verdadera sociedad inclusiva y participativa que promueva la igualdad de género en todos los ámbitos.

Nonardo Perea por Irina Echarry
Nonardo Perea por Irina Echarry

Por una parte es cierto, y es un logro social extraordinario, el avance de las mujeres. Pero por la otra, y es lo esencial que gravita sobre ellas, en el ámbito doméstico, en la realidad barrial, en su diario esfuerzo por articular a la familia, y, sobre todas las cosas, en la participación en las verdaderas tomas de decisiones que pudieran cambiar la situación del país, las cubanas siguen asumiendo los mismos roles de género asignados culturalmente que las mantiene esclavas del hombre y del poder como en los tiempos pretéritos.

Es cierto que 60 años no son suficientes para borrar los patrones de la influencia de una cultura patriarcal generadores de una subjetividad que se manifiesta en concepciones discriminatorias hacia la mujer. Pero, el problema de las discriminaciones en Cuba es muy complejo, multifactorial, por lo que sus tratamientos adecuados van más allá de la implementación de coyunturales políticas gubernamentales o de retórica propagandística. Son de causa estructural, es decir, relacionan directamente con las disfunciones de un modelo de desarrollo socioeconómico y político.

En los últimas seis décadas de construcción socialista el poder económico y político en Cuba lo continúan detentando los hombres. Y para ello el ‘establishment’ se apoya en una violencia ideológica sustentada por la gerontocracia militar del Partido Comunista de Cuba (PCC) que asocia méritos históricos con legitimidad política como única vía para llegar al poder real. Así, las mujeres pierden.

De igual manera y durante los últimos 25 años, esa gerontocracia militar, demostrando no solo su manera de hacer política sino también la singular interpretación de la filosofía que la sustenta,  aplica con supremo voluntarismo las políticas gubernamentales que conllevan a la  desestructuración de la sociedad cubana ante el avance de viejos y nuevos problemas que minan sus bases, poniendo en peligro las esencias mismas de la Nación, entiéndase: crisis económicas y pobreza creciente en la que la inflación hace mella en los exiguos y desmoralizantes salarios, corrupción política, drogadicción, prostitución, crisis de valores y entronización de la doble moral, aumento del machismo y de violencia Intrafamiliar que llegan a femenicidios. Así, las mujeres pierden.

Pierden, además, cuando en franca violación de los más elementales derechos humanos, el Estado y Gobierno cubanos reprimen de todas las formas posibles las cada vez más numerosas voces críticas y disidentes que reclaman soluciones eficientes a sus urgentes y legítimos reclamos de género, etnia, orientación sexual, preferencias culturales y posición política que trascienden de la patética, anquilosada, reaccionaria y fantasmagórica Federación de Mujeres Cubanas, organización de la sociedad civil oficialista que, en nombre del PCC, se erige como único espacio aglutinador de las cubanas mayores de 14 años. Suprema aberración social.

Sin embargo, como prisioneros de la lógica de la sobrevivencia, el PCC finge que está haciendo algo sustantivo en relación con la verdadera igualdad de género en todos los ámbitos. Lo que ocurre es un esfuerzo realizado mediante pequeñas inversiones muy visibles que posibilitan el uso fácil de la propaganda positiva de las bondades del sistema. Con eso la mayoría tiene la impresión de que no ha sido olvidada, se “tranquiliza y acepta” con más facilidad las explicaciones y disculpas del sistema. Pero no se cambia el modelo socioeconómico. Por basarse en una falsa premisa, sus promesas no pasan de ilusiones vendidas a las huérfanas de la esperanza.

Mientras en Cuba se mantenga el decrépito sistema socioeconómico y político actual, las mujeres no mandarán, por lo que a Juana ‘la cubana’, Natacha, ‘la ingeniera que vende ron y otras cosas’ y Yumisisleidys ‘la luchadora en hoteles y discotecas’, a mis vecinas o las suyas, millones de compatriotas que el rigor de la vida y la falta de esperanza en un cambio real las hace desgraciadas como seres humanos, a ellas no les puede importar cuántas mujeres hay en un Parlamento que no legisla (y menos a favor de las mujeres) o las desconocidas vice presidentas del País especializadas en recibir cartas credenciales de los nuevos embajadores.

El futuro no existe. En momentos históricos de alto grado de incertidumbre como el que vive Cuba, la mejor forma de influenciar al futuro es inventándolo. El empoderamiento real y sostenible de las mujeres cubanas dependerá principalmente de la capacidad de la ciudadanía de imaginarlo y construirlo colectivamente, y de decidir y actuar comprometidos con esta visión compartida. Pero este esfuerzo debe ocurrir en el marco de “reglas” absolutamente diferentes al sistema de ideas y la institucionalidad actual que nos ha hecho a todos vulnerables y a la Patria desgraciada.