La triste ancianidad que se acerca

La noticia del reciente deceso por desnutrición y abandono del anciano Baldo, en el callejón de Jaimanitas, suscita comentarios en el pueblo sobre el envejecimiento poblacional y sus garantías, uno de los grandes retos para el futuro de Cuba.

Otro desvalido,Luis Benítez, que también vive solo en un cuartucho y su familia no lo atiende, dice que va por el mismo camino de Baldo. Luis tiene 51 años, asemeja setenta.

Ancianos cubanos. Foto: PIN
Ancianos cubanos. Foto: PIN

“Trabajé durante años como operador de martillo eléctrico rompiendo calles y eso acabó con mi organismo. La mala alimentación y la falta de medios de protección adecuados me obligaron a dejarlo”, cuenta Luis. “Deambulé de un oficio a otro, fui alcohólico, y hoy estoy como Baldo, solo y deprimido”.

“Baldo tenía hijos, pero no lo atendían”, cuenta Pilar, de 75 años y ya retirada de la rama del comercio.  “Muchos ancianos hoy son despreciados por sus hijos. Y en otros casos, como el mío, tenemos que continuar manteniendo a nuestras familias. Mírame, me paso el día ‘forrajeando’ la comida de mis nietos y de mi hija.

Pilar cuenta que trabajó por más de 40 años construyendo esta sociedad. “Fui alfabetizadora, fundadora de los CDR, cortadora de caña en la zafra del 70, recogedora de café en las montañas orientales, obrera agrícola en el cordón de La Habana, apoyé los planes ganaderos de Camagüey y al final me retiré como dependiente en una bodega. Cuando creí que finalmente iba a descansar llega esto de tener que mantener a la familia… ¡nunca he tenido un respiro!”.

Otro anciano que sostiene a su familia es Milton. Muestra su brazo enyesado y dice que se le complicó la vida. “Yo estaba retirado, pero no me alcanzaba con la pensión y enganché un trabajito de custodio en una fábrica de embutidos. La otra noche tropecé en la oscuridad y me caí. Pensé que no era nada, cuando fui al policlínico me remitieron al hospital ortopédico Frank País. Tenía el brazo partido en tres partes, según el médico, debido a la falta de calcio. Me indicó 60 días de reposo. ¡Imposible! En la fábrica es donde tengo mi búsqueda y allí garantizo la comida de mi familia, las jamonadas, las paticas de puerco, los choricitos. De eso vivimos”.

Magda Ramírez, de la calle primera, se jubiló hace poco luego de trabajar años como operadora de una fábrica de vidrio y confiesa que ha chocado con una realidad que es una pesadilla. “Yo sabía que había escasez y que la cosa estaba dura, pero merendaba y almorzaba en mi trabajo. Mi esposo, que era jefe de cocina de un hotel, llevaba la comida diaria para la casa, solo teníamos que calentarla. Él murió en abril y yo me retiré en junio. Ahora cada día al levantarme y ver lo que me espera, quisiera morirme yo también”.

Los bajos salarios y el alto precio de los productos alimenticios, continúan siendo pilares en la desprotección de los individuos, sobre todos de la tercera edad. Carmen Guilarte, 76 años, vecina de La vía blanca, posee una pensión 223 pesos y, según cuenta, todo se le va en medicinas y en una visita al agromercado. “Tengo diabetes, bursitis, la gota y artritis. El día del cobro siempre paso por la farmacia, y por el poquito de viandas y ensaladas, ahí se me acaba el dinero”.

Entre los productos que más escasean en La Habana se encuentra el detergente. Una anciana a la que llaman ‘cosa gorda’ vende detergente a granel que el hijo saca de la fábrica de la que es jefe de turno. La anciana padece reumatismo, asma e insomnio. Solo al amanecer consigue dormir unas horas. Cuando abre la ventana al mediodía ya las mujeres esperan en una cola para lavar y fregar.

En cambio Jesús Ruiz, zapatero particular, muestra una excelente constitución física a pesar de sus 84 años. Vive solo y se sostiene con su oficio y con la ayuda de su hija que vive en Canarias.

“Soy isleño, mi familia se alimentaba bien y todos vivieron más de noventa años. Pero hay una generación después de la mía que se alista a entrar en la decrepitud, que sí se ha comido un cable. Y después viene otra: la del picadillo de cáscaras de plátanos y del ‘bistec de frazada de piso’, que si esto sigue así, tendrán una vejez criminal. Tengo una vecina que no llega a los 40 y se lamenta que le duele desde los calcañales hasta la cabeza, incluyendo la columna vertebral y todos los huesos del cuerpo. Yo me río, porque a mí no me duelen ni los callos”.

Otro anciano con excelente salud y mucho dinamismo es Armando Valdez. Tiene 87 años y todavía trabaja como ejecutor de obra de una empresa de turismo. “Es que me alimenté muy bien toda la vida y nunca he dejado de trabajar. Soy hijo de españoles naturales de Madrid, radicados en Cuba desde principio del siglo pasado. Trajeron con ellos sus costumbres y hábitos alimentarios. Mucha frutas, legumbres, vegetales, carnes… y mucho ejercicio, que es la mejor medicina. Nunca he querido irme de Cuba. Fui a Madrid hace unos años. Allá tengo una hermana, varios sobrinos y primos, pero mi trabajo está aquí”.

“A los jóvenes de hoy, que serán los viejos de mañana, no les interesa cambiar este sistema”, continua Armando Valdez. “Te dicen con la cara fresca: ‘es lo que nos tocó’. Algunos no tienen todavía 50 años y tú los ves que no salen del policlínico, ni del hospital. Viven quejándose: que no hay medicinas, que no hay comida, pero tampoco producen, ni luchan para mejorar esto. Sí, me enteré de la muerte de Baldo, solo y en total abandono. Como él hay muchos en todos los pueblos de Cuba. También es cierto lo que dice Jesús, será una vejez muy triste la que se viene… no como la mía, que estoy disfrutando a plenitud”.