Eminencias que han terminado en la locura

El aumento de la locura en Cuba es secuela de la crisis en la que viven sus individuos. Las causas varían. A veces, su antesala el alcoholismo. El resultado: la destrucción de los grandes talentos en la Isla.

En Jaimanitas vive Bety, la loca, una mujer menuda, de vestir modesto y andar deprisa, que siempre ronda las cafeterías para pedir, con mucho respeto eso sí, que algún solidario le pague un café. Nadie imagina que, en su juventud, Beatriz Solar fue una avezada economista a cargo de múltiples proyectos y con un real poder de decisión. Pocos se acuerdan de aquel momento de su vida, cuando vivía inmersa constantemente en el sinfín de tareas revolucionarias que le tocaban.

Betty, la loca. Foto: Frank Correa
Betty, la loca. Foto: Frank Correa

“Eso fue lo que la quemó -dice Gertrudis, una anciana del circulo de abuelos de Jaimanitas, que vive en su cuadra y la conoce desde niña. Beatriz era un verdadero prodigio y llegó a ocupar altos puestos, pero después muchos de sus planes se fueron al piso y, aunque no era culpa de ella, cogió mucha lucha. Quería enderezar los incumplimientos y encontrar las causas. Algunos funcionarios a su alrededor que le tenían envidia y querían su puesto, se aprovecharon y le serrucharon el piso. Así terminó.

Bety mantiene un interminable soliloquio mientras anda y desanda por Jaimanitas. Con una voz dulce y educada, pareciera que dirige una reunión, da consejos, regaña. Aunque siempre se muestra inconforme en su monólogo, se la ve bien centrada, como queriendo arreglar Cuba de alguna manera. Cuando se toma un descanso en su jornada de trabajo imaginaria se sienta a la orilla del mar, ensimismada. Quién sabe en qué estará pensando…

Otro talento frustrado de Jaimanitas es El chapi que estudió Ingeniería automotriz en la antigua Union Soviética y llegó a ser mecánico de autos oficiales. Fue también un famoso chapista consultado por todos los ministerios, con cierta frecuencia al borde del colapso por una carga de trabajo enorme que apenas le dejaba tiempo para un respiro.

“Nadie sabe lo que le pasó -dice Cacato, su sobrino-, mi tío se fundió de la noche a la mañana. De pronto lo sacaron del trabajo, nunca se supo la causa, se tiró a la bebida, comenzó a hablar solo, a andar sin zapatos, dejó de bañarse, fue involucionando de una manera que no puedo explicar. De lo que era ayer a lo que es hoy, el cambio es increíble. Ahora se pasa el día entero hurgando en los latones de basura, borracho todo el tiempo. De todo lo que he visto, lo más parecido a un esperpento”.

En el paradero de Playa deambula otro loco que recoge del piso todo tipo de desperdicios de comida. De los latones, se come los restos de panes y dulces que la gente arroja, y se los traga con una rara avidez. Conozco su historia por Alexis y Rolando, dos jóvenes que aseguran que ese loco fue hace diez años su profesor de Química y Física en el Politécnico de alimentos.

Asegura Alexis que era una eminencia: “Le decíamos Bernoulli, como el matemático francés. Venía ya medio tostado de la universidad, donde dicen que daba clases a muchos grupos y atendía dos cátedras. En el Politécnico terminó de quemarse, por la carga de trabajo y por la psicosis que cogió con las cinco áreas que se estudiaban allí: carnes, productos lácteos, harinas y derivados, conservas de frutas y vegetales, alimentación social”.

“Su apellido es Quintana -dice Rolando-, y era tremendo profesor. Fue expulsado de la escuela cuando hizo lío con los alimentos. Se sentaba al final del comedor a recoger las bandejas con sobras con el objetivo de explicarles a los alumnos el contenido energético que estaban desechando, las propiedades de los aminoácidos y las enzimas, cosas por el estilo… ¡Hasta se ponía a calcular las calorías perdidas en los chícharos o en el picadillo de soya que las muchachitas no se comían! Me he encontrado con el profesor Quintana varias veces en otros sitios y siempre anda igual, recogiendo comida del piso, tragándosela como un loco, hablando solo”.

Historias como estas y hasta peores se encuentran a diario en la calle. Quién sabe qué y cuánto se oculta detrás de cada una de estas locuras que deambulan entre nosotros…