Raúl Castro: un dictador tolerado

Resulta curioso que las fugas desde Cuba apenas tengan eco mediático, cuando se trata de uno de los fenómenos sociales más críticos. Semana tras semana decenas de cubanos se las ingenian para irse del país por vía marítima, a menudo sobre artilugios sin las mínimas condiciones que garanticen el arribo a los lugares de destino.

La lista de muertos y desaparecidos ha aumentado drásticamente a causa del número de personas que usan esta vía de escape y la mayor distancia a cubrir en condiciones tan precarias. Llegar a Estados Unidos desde la Isla ya no están fácil como antes de la Ley pies secos-pies mojados que solo permite el ingreso de los balseros que logren tocar tierra. Debido a estos impedimentos, la gente prefiere probar suerte dirigiéndose hacia las costas de Panamá, Nicaragua, Honduras o México con la intención de trasladarse hasta la frontera sur norteamericana, pagarle a algún guía furtivo y beneficiarse con la Ley de Ajuste Cubano.

Por otro lado no se detienen las deserciones de profesionales del sector cultural, deportivo y de la salud pública. Procedimientos generalmente exitosos a no ser que el plan de evasión se frustre por algunos de los policías encubiertos que suelen formar parte de las respectivas delegaciones.

Dentro de la lista de olvidos hay que mencionar las incidencias represivas. La prensa internacional tampoco refleja en sus coberturas lo que sucede en las cárceles con los presos políticos, los actos de repudio que incluyen el vandalismo de las turbas parapoliciales contra los actividades pro derechos humanos, entre otros asuntos que ponen de relieve la arbitrariedad del régimen.

El desbalance informativo favorece a Raúl Castro y lo que representa. Al analizar los hechos se presume de la existencia de un proyecto transnacional que, en esencia, busca legitimar un estatus quo que podría evolucionar hacia formas menos autoritarias en plazos imposibles de prever.

La acogida a la dictadura cubana sin concesiones de peso en instituciones de la región e internacionales, refuerzan las sospechas de que se esté apostando por la articulación, a medio plazo, de un modelo similar al chino, con sus retoques para hacerlo viable en el Caribe insular. El énfasis en el levantamiento unilateral del embargo y la proverbial estrategia de no enfocarse en temas demasiado controvertidos a la hora de hacer los reportes y análisis, en el caso de los medios foráneos acreditados en La Habana, definen una política que deja abierto el camino a las dudas.

Con esos truenos, cualquier indicio sobre la posibilidad de que se estructure una democracia en Cuba bajo el mando del general-presidente, es falso. Incluso con su sucesor, ¿Díaz- Canel o Machado Ventura? Las oportunidades para el pluripartidismo y el pleno ejercicio de los derechos fundamentales seguirían siendo cuestionables.

Mientras se acerca el desenlace que podría ser la continuidad por otras vías, sigue la estampida con sus bajas colaterales y el contubernio político- mediático. En realidad, Raúl Castro no tiene por qué preocuparse; cada día gana mayores credenciales como un dictador soportable.

 

Autor

Olivera Castillo is a former political prisoner. He published number of books. He lives in the old part of Havana.

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