La Marina Hemingway sin cubano-americanos

Una vez anunciada la flexibilización de la relación entre los Estados Unidos y Cuba hace más de un año, los trabajadores de la Marina Hemingway esperaban ansiosos y preparados una arribazón de yates procedentes del país del norte. Lo cierto, sin embargo, es que todavía ningún cambio aparece a la vista.

“A entrado un solo yate y lo metieron preso”, dice un marinero del muelle de la base náutica. “Era un coronel retirado que solo tenía cinco años viviendo en Estados Unidos, así que violó la ley que exige diez años para poder volver a entrar. Lo soltaron y se fue. Después de eso, en esta marina no ha entrado ningún yate más.”

La Marina Hemingway. Foto: cortesía de North Wall.
La Marina Hemingway. Foto: cortesía de North Wall.

En los muelles de los cuatro canales, marineros, mecánicos, personal de mantenimiento y custodios habían recibido capacitación para elevar la profesionalidad en el trabajo. Hoy en día, esperan la ocasión para poner en práctica la instrucción, pero la realidad es que por ahora no hay clientes.

Un ejecutivo del puerto cuenta que la Marina Hemingway tiene 400 torretas y que, para la ocasión, se recuperaron 68, lo cual la sitúa a un tercio de la capacidad de atraque.

“Todavía tenemos problemas con la iluminación y la conexión a internet en muchas de ellas, esta es una tarea que sigue pendiente y que no acaba de resolverse. Si hubiera ocurrido lo que esperábamos, después de décadas de prohibición, la explosión de yates nos habría puesto en un grave aprieto.”

Otro trabajador del muelle que prefiere mantenerse en el anonimato dice que las regulaciones son muchas y, los precios, muy caros.

“En el periódico Granma salieron ayer las restricciones impuestas por la aduana para los visitantes. Una dice que en el yate solo se pueden traer objetos personales. ¡Imagínate! Para eso mejor cogen un avión. También se regulan los contactos del visitante con el pueblo, otra locura, porque el que venga va querer salir con su familia o amigos… algunos otros, quizás, hasta vengan a buscarse una novia. Además, el costo del pie de muelle es una barbaridad, como el costo de la electricidad y el agua. Es como dice el dicho cubano: ‘todo por la pesa’. Parece más bien una ley para que no vengan que todo lo contrario.”

Roinel, un mecánico de barcos, habla sobre las expectativas creadas en torno al permiso de entrada de yates procedentes de los Estados Unidos.

“Antes, cuando venían los americanos a las regatas y arribaba también gente de otros países, había mucha vida aquí. Todos creíamos que este enero iba a ser florido, con mucho trabajo y muchos CUC, pero nada. Si hay 20 barcos en toda la marina es mucho. Mayormente son de Inglaterra, Canadá y Francia. Los tres son los países de donde más provienen yates desde hace tiempo. Casi todos son gente que ya tiene negocios en Cuba, que llevan bastante tiempo anclados y son casi como cubanos porque ellos mismos se ‘hacen el barco’, no necesitan mecánicos porque de tanto anclaje han aprendido a arreglarlos. Apenas interactúan con la gente del muelle. Yo soy de la opinión que si no cambian la ley, van a entrar muy pocos a futuro.”

Eliécer, uno de los patrones de barcos más viejos del lugar, comenta que el pueblo de Jaimanitas también pensó que la entrada de yates iba ayudar a la vida de la zona.

“Pensaban que regresarían los viejos tiempos, cuando se veían bajar de los barcos aquellos americanos y caminar por Quinta Avenida, por las calles interiores del pueblo, con sus sonrisas y su grandes mochilas, dejando regalías, alegría y vida por donde pasaran. Pero se quedaron con las ganas. Aquí vino ese coronel despistado que lo soplaron y, después de eso, todo ha sido tiempo muerto.

Hubo mucha perorata y preparación para cuando supuestamente vinieran. Ahora la pregunta que uno se hace es dónde están. Mientras tanto, la vida de los que trabajamos en el muelle no se la deseo a nadie.