Falta de voluntad

El día 11 de julio de 1997, la Asamblea Nacional del Poder Popular aprobó la denominada Ley del Medio Ambiente, donde quedó consignada la necesidad de “consagrar, como un derecho elemental de la sociedad y los ciudadanos, el derecho a un medio ambiente sano, y a disfrutar de una vida saludable y productiva en armonía con la naturaleza”.

A su vez, el artículo 3 especifica que “es deber del Estado, de los ciudadanos y de la sociedad en general proteger el medio ambiente mediante su conservación y uso racional; la lucha constante contra las causas que originan su deterioro; las acciones de rehabilitación correspondientes; la reducción y eliminación de las modalidades de producción y consumo ambientalmente insostenibles”.

Foto: Elio Delgado

Esta ley tiene, además de sus 163 artículos, innumerables incisos, disposiciones transitorias, especiales y finales para el cuidado del medio ambiente en Cuba. Incluso la Constitución de la República obliga al Estado a protegerlo, exigiendo a todos los ciudadanos el contribuir a la protección del agua, la conservación del suelo, la fauna y todo el rico potencial de la naturaleza.

Si todo está previsto a nivel teórico o jurídico, ¿qué sucede entonces que por doquier se observa en Cuba una fuerte agresión cotidiana al medio ambiente? Los ejemplos sobran, pero he aquí dos:

El río Almendares, nacido hace 12 millones de años, el más importante de La Habana, y del que José Martí aseguró que era uno de los más claros del mundo, es, en la actualidad y desde hace varios ya decenios, una corriente barrosa y nauseabunda. El río Luyano y sus hedores, por otra parte, hacen que sea casi imposible acercarse a sus márgenes.

En términos generales, no hay ningún río en La Habana, y casi ninguno en Cuba, que no tenga un alto grado de contaminación. La imagen genérica que existe de los ríos, una corriente de agua dulce y clara que presta innumerables beneficios a los habitantes de una región o un país, no es sin duda la que persiste en las mentes de los cubanos.

De la contaminación del aire salva a la isla su condición geográfica larga y estrecha. Los vientos alisios se encargan de sacar del territorio nacional buena parte de los residuos de combustión que lanzan a la atmósfera los miles de viejos coches que circulan en el país. Ni hablar de las viejas industrias que utilizan combustibles fósiles.

Algo curioso es la excusa explícita o implícita para no poner en práctica la mayoría de lo legislado en materia ambiental: carencia de los recursos materiales necesarios; es decir, falta de dinero.

En 1953, Fidel Castro, tras preguntarse de donde sacar el dinero para llevar a cabo los programas que aseguraba eran muy necesarios, dijo: “cuando los inmensos recursos de la nación estén movilizados y se dejen de comprar tanques, bombarderos y cañones en este país sin fronteras…”.

Hoy la ley existe, los recursos humanos existen, el dinero existe, lo que quizás no existe es algo más básico: la voluntad de los ciudadanos para el cuidado real del medio ambiente.