La vida de los ancianos en Cuba

Una de las poblaciones con más porcentaje de ancianos del planeta se encuentra en Cuba. A pesar de los anuncios revolucionarios sobre su atención, este sector es uno de los más desfavorecidos de la Isla.

Viejitos en Cuba. Foto ilustrativa
Viejitos en Cuba. Foto ilustrativa

El dato se puede comprobar con sólo echar un vistazo a la calle y a las colas para comprar alimentos, productos industriales o servicios, donde la mayoría son mayores de setenta años que deberían disfrutar de un merecido descanso luego de una vida de trabajo.

“Pero no es así”, se lamenta la doctora Miriam Noa, historiadora y una de las personas del pueblo que más ha luchado por elevar la calidad de vida de las personas de la tercera edad. “Los jóvenes de hoy en su mayoría son abusivos y desconsiderados. Muchos creen que con ir a la escuela y estudiar, están realizando una proeza, que no tienen que cumplir con otro deber social o colaborar en las tareas domésticas. Tal vez existan hogares con educación a la antigua, pero no es lo que impera. Lo usual es que se recarguen las tareas en los padres y, sobre todo, en los abuelos”.

Claro Hidalgo, de 85 años, sufre de enfermedades circulatorias y renales, pero diariamente recorre el pueblo para hacer los mandados.

“No hice ningún mal hice en la vida”, dice con voz llorosa. “Al contrario, considero que fui un buen padre; sin embargo en mi casa me maltratan. Con todas mis enfermedades a cuestas tengo que buscar el pan, sacar los mandados de la bodega, cargar la balita de gas y comprarme las medicinas en la farmacia. Luego sentarme en una silla en la acera de enfrente, porque dicen que en la casa molesto, que soy un inútil, una carga”.

En las colas que abundan tanto en Cuba, se ven a ancianos bajo el sol, de pie durante largo tiempo, cargando pesadas jabas. Nidia Tejeda, dependiente de una bodega del reparto Flores, dice que cuando ve a uno en la cola siempre lo prioriza.

“Y la gente se molesta, alegan que es un truco de la familia para que compren primero. No se dan cuenta que es abuso, una total desconsideración. Conmigo los viejitos compran primero”.

A menudo se escuchan jóvenes culpar a los ancianos, por la precaria situación del país.

“¿No hicieron la Revolución? Pues que carguen las consecuencias”, dice Yuniel, de 17 años y estudiante de un pre-universitario de La Habana. “Lo mío es estudiar para otro futuro”.

Como respuesta a la falta de desconsideración, la doctora Miriam Noa, acota lo siguiente:

“No sólo la juventud, sino también el Estado les da la espalda a los ancianos. Vivimos en una sociedad creada en función de los jóvenes. Edificios sin ascensores, servicios automatizados con una tecnología que los ancianos desconocen, barrera arquitectónicas imposibles de superar, aceras rotas con raíces de árboles entorpeciendo el paso, calles mal iluminadas, insuficientes baños públicos, un transporte público agresivo y conductores irrespetuosos hacia la población longeva”.

No obstante, Carla, una joven estudiante de informática, matiza un poco la cuestión:

“Me crié con mis abuelos, que son mis verdaderos padres. No permito ningún tipo de abuso hacia ellos pero sí conozco a muchos jóvenes que los desprecian. Les dejan todo el peso y las responsabilidades sin importarles que estén enfermos o que ya no tengan fuerzas para enfrentar esas tareas. La culpa no es sólo de los nietos, también los padres han colaborado a esta situación inhumana”.

Nereida, una anciana de 77 años, agrega:

“Para subir a un ómnibus tú ves al grupo de estudiantes empujando y copando los asientos. Cuando los viejitos logran subir, muchas veces aún estando impedidos físicamente o usando bastones, no son capaces de cederles el asiento. Igual sucede al cruzar las calles, nadie te da la mano, tienes que jugártela y cruzar sola. Cuando mi nieta se casó, me sacaron de la habitación donde había dormido toda la vida. Me habilitaron el cuarto de desahogo, sin ventanas. Me pusieron una camita con un ventilador y ahí voy a terminar mis días, enclaustrada en el fondo de la casa”.

Por otra parte, han desaparecido los círculos y asociaciones de abuelos, que eran los que hasta hace unos años intentaban elevar la calidad de vida de la población de la tercera edad.

“Ahora los ejercicios de los viejitos son cargar la jaba de la bodega y del agro”, dice Luisa, de 80 años y residente en el barrio marginal Romerillo, en el municipio Playa. “Tengo artritis y sacrolumbagia, pero ayer tuve que llevar una jaba de papas a la espalda desde la bodega de la Quinta B y 110 hasta mi casa, en Novena y 114, ¡ocho cuadras! ¿Tú crees que algún joven se dignó a ayudarme? A decirme: deme eso abuela, que usted está muy vieja para llevar ese peso. Ninguno lo hizo, al contrario, había un grupo que jugaba en la calle y casi me tumban corriendo tras una pelota. Se molestaron porque tuvieron que detener el juego y esperar que yo pasara. Para ellos un viejo es un estorbo, alguien que ya no debe estar, y si está, pues es para eso: hacer los mandados, heredarle la casa, y el pago es hacerle la vida imposible hasta que se marche de este mundo y después decir, que en paz descanse la vieja, esa sí que vivió bastante”.