Los trabajadores particulares no tienen protección

Por más de cincuenta años el socialismo prohibió en Cuba los trabajos particulares. Cuando en 2013 finalmente fueron autorizados se inició un camino de total indefensión en relación a las personas que los realizan.

La primera carencia es jurídica. No existen leyes que regulen la gestión privada ni bufetes de abogados con asesoría legislativa. Por el contrario, los trabajadores autónomos están a merced del Estado, quien aplica sobre ellos impuestos excesivos bajo pretexto de que no se enriquezcan. Tampoco se les permite formar un sindicato. La realidad es que, en cada violación que sucede contra los cuentapropistas, no hay nadie que los defienda.

El albañil Clemens. Foto: Frank Correa
El albañil Clemens. Foto: Frank Correa

Tampoco existe una ley de protección al trabajador. No tienen un departamento que vele por las condiciones de seguridad requeridas para cada actividad, ni personal que enmarque el ciclo de vacaciones para cuidar la salud del trabajador.

La falta de regulación, a fin de cuentas, convirtió la tan esperada apertura en uno de los caos que actualmente se ven en la isla.

Este caos se ha puesto más en evidencia en el rubro de la construcción, donde hombres sin saberes básicos para el trabajo se lanzaron en jornada a destiempo, sin cascos de protección ni botas adecuadas ni otros implementos imprescindibles.

Clemens, vecino de Jaimanitas, por ejemplo, cayó de un segundo piso en octubre, al partirse un peldaño de la escalera donde repellaba una pared.

“Imagínate”, dice Clemens, “era la única escalera, vieja y con peligro de romperse, pero ¿qué iba a hacer?, tenía que terminar el trabajo para cobrar, comprar comida y darle dinero a mi hijo para que se fuera para su unidad militar en Vaca Muerta”.

Cuando Clemens cuenta la caída de la escalera, la recuerda como una película.

“No me asusté, solo me dejé llevar. Y mientras caía recordé mi niñez en la escuela Manolito Aguiar de Quinta avenida, cuando mi abuela me decía que debía preocuparme por aprender y ser alguien en la vida por sólo ser negro… demostrar que el negro Clemens sí podía. El trayecto hasta el piso fue muy largo y me dio tiempo a pensar en la secundaria, que pasó como en un santiamén, y en el pre-universitario que no terminé porque me cogió el servicio y cuando salí del ‘verde’ ya no me interesaba la vida. Ahí fue cuando me hice Clemens, el albañil particular. Después de eso no recuerdo nada más, recobré el conocimiento en el hospital. Me dijeron que caí de espaldas sobre una cisterna, faltó poco para que me matara. Me salvó un tubo de hierro que paró la caída con mi columna. Por suerte no me la partió”.

Clemens lleva dos meses de rehabilitación y todos sus ahorros como albañil se le han ido en la compra de la faja de hierro, las medicinas y los viajes a las fisioterapias. En estos momentos no tiene un centavo.

“Mañana, con el dolor de mi columna y con la faja de hierros, iré a encofrar una meseta en una casa. Tengo que hacerlo obligado porque si no, ¿quién alimenta a la tribu?”.

En los últimos meses en Jaimanitas se han registrado varios casos de caídas de alturas. El más dramático sucedió en calle 240, cuando un albañil que claveteaba una ventana, subido a una escalera en un segundo piso y sin medios de protección, cayó de espalda sobre un hato de madera penetrándole una púa por el recto que casi le provoca la muerte.

“Ese sí se la vio dura”, dice Clemens. “El médico le diagnosticó que no podría trabajar más y que hasta quedaría con secuela para caminar. Yo, por lo menos, con la faja de hierro me sujeto”.

La edad también debería estar regulada en el trabajo por cuenta propia. Dos recientes casos de fallecidos así lo ameritan. Eran hombres necesitados de dinero, con más de 70 años de edad que realizaban trabajos particularmente duros, como Emilio, un anciano del barrio La Cantera, muerto de un infarto mientras desbarataba con una mandarria una columna de concreto para sacarle la cabilla y utilizarla en la construcción de su casa.

O René Edwin, con 82 años se mantenía activo trabajando de albañil, hasta que hace unos días una familia lo contrató para poner una ventana. René tuvo que echar abajo con una mandarria una pared de bloques, un esfuerzo duro incluso para jóvenes. René terminó el trabajo con la calidad que lo distinguía y en el tiempo previsto. Se despidió con su sonrisa habitual, pero no volvió a ser el mismo después de eso. Dormía poco, saltaba en la cama, y entonces decidió ir al hospital, lugar de donde no salió más.

De los albañiles particulares muertos por accidentes, el que más cerca me toca es el de mi amigo Jim, que en paz descanse. Tenía a su cargo la cubierta de concreto de un garaje y delegó la tarea en un ayudante que, para robarle algunos materiales, distorsionó las proporciones de la mezcla.

Quince días después, Jim entró en el garaje y comenzó a quitar los maderos que sostenían la cubierta, que se vino abajo sepultándolo y matándolo al instante. Nunca hubo investigación del hecho. El culpable sigue en la calle.