¿Cómo percibimos el cambio climático en Cuba?

Tengo casi 60 años, soy de de una zona rural de Cuba. Mis padres eran obreros, mi abuelo paterno era campesino agrícola sin tierras, y mis abuelos maternos, campesinos y propietarios de tierras. Recuerdo que estaban atravesadas por un arroyo de curso intermitente, que formaba pequeños charcos y en ellos abrevaban los animales casi todo el año.

En tiempo poco lluvioso, de marzo a mayo, a los animales se les llevaban al corral para garantizarles el agua, que se extraía además con bueyes del pozo (pozo de brocal). De esta manera, se mantenía la provisión de la casa.

Foto: Elio Delgado
Foto: Elio Delgado

En los años 60 mi abuelo y mis tíos compraron una turbina con motor de petróleo y perforaron otro pozo para irrigar. Una parte de la finca quedó así bajo riego para las producciones agrícolas, incluidos un par de campos de caña. Las charcas del arroyo se aplanaron para sembrar arroz, y el ganado quedó en potreros rocosos y en un pequeño monte donde sacábamos cabos para los azadones, varas y otros surtidos para diferentes usos o necesidades.

Toda la finca tenía una doble cerca con árboles de almacigo y piñón florido en su perímetro a las que llamábamos “mangas” que se utilizaban para el traslado del ganado. Recuerdo una finca siempre verde. Hoy parece todo el lugar un desierto desde enero hasta que rompe el verano. Las lluvias llegan en la segunda quincena de junio, porque las lluvias de mayo, conocidas como el verano de San Juan, quedaron en el pasado como un mero recuerdo de la niñez.

Si recordamos las lecciones de historia precolombina que recibíamos como estudiantes de primaria y secundaria, los profesores y los textos decían que las comunidades de esas épocas cambiaban de lugar cada cierto tiempo por problemas de sequías, hambrunas y enfermedades. Los intervalos en que esto ocurría podían ser de entre 60 y 100 años.

Tengo remembranzas de todos los integrantes de mi familia que hacían pequeñas observaciones sobre algunas señales que denotaban el “llamado cambio climático”: los ciclones de los años 1926 y 1944, una sequía fuerte en los años 40, el ciclón Flora en 1963 y en 1981 que provocó grandes inundaciones, así como situaciones climáticas extremas: lluvias intensas, huracanes y sequías que se repetían cada 20 años aproximadamente. También remarcaban que partir de 1980 algunas cuencas hidrológicas entraban en balances negativos más o menos severos cada 10 años.

Las señales de un cambio en el clima se han acortado en el tiempo, los intervalos son cada vez más cortos y las situaciones extremas cada vez más severas.

Hoy podemos asegurar temperaturas extremadamente altas en el trópico y subtrópico, extremadamente frías al norte y al sur, y nuevos records que en el pasado distaban o se repetían cada 80 o 100 años. Ahora se observan entre una y tres veces por meses. Veranos casi sin lluvias, lluvias en noviembre como ocurrió el pasado año 2015; cuencas hidrológicas en niveles mínimos. Los ciclones pasan a ser huracanes en pocas horas producto de las elevadas temperaturas del mar Caribe. Penetraciones del mar, inundaciones, deslaves de tierra y sequías son noticias que, antes anómalas, se han hecho cotidianas.

¿Será posible poder entregar a las próximas generaciones algunas bonanzas climatológicas y no un cambio climático como el actual?