¿Cómo va la lucha contra la burocracia?

Williams, custodio de almacén de una fábrica de cerveza, tiene su expediente laboral en la mano. Lo muestra con aires de triunfo porque, luego de cinco angustiosos meses yendo y viniendo, acaba de recogerlo definitivamente del departamento de Recursos Humanos de la empresa.

Oficinas públicas y trámites en Cuba. Foto: Frank Correa
Oficinas públicas y trámites en Cuba. Foto: Frank Correa

“Fue una odisea lo que pasé para que me dieran el expediente. Me fui de esa empresa porque los veladores sufríamos el impacto de los robos que se producían fuera de nuestro turno. Algún sello varias veces apareció violado y los responsables terminábamos siendo nosotros. Imagínate que en esa empresa hay cinco vice-directores y cinco jefes de departamento con sus respectivos vicejefes, además del director, la secretaria y los responsables de los almacenes. Todos quieren ‘raspar’, que es como le llaman en la empresa al robo. Tanta gente tras lo mismo, imagínate”.

Cuenta Williams que una noche se durmió un rato y, cuando amaneció, una de las puertas del almacén tenía el sello violado y faltaban mercancías. Fue detenido y encarcelado por 20 días hasta que lo soltaron al no poder probarle culpabilidad alguna.

“En los 20 días que estuve en 100 y Aldabó siempre dije lo mismo: el sello estaba violado, sí, pero abrieron la puerta con la llave. ¿Y quiénes tienen las llaves? Cuando salí en libertad fui a la empresa y pedí la baja. Durante cinco meses estuve intentando recogerlo y nunca estaba listo. Si eso no es burocracia, apaga y vámonos”.

Adriana Arce es una joven que tiene ya una larga historia con papeles y documentos. Lleva cinco años intentando hacerse de la propiedad de su casa.

“Es el desglose de una parte de la casa de mi tía y ha costado Dios y ayuda obtenerla. Primero fue el Certificado de Habitabilidad el que demoró un siglo. Después de obtenerlo, me mandaron a buscar un sinfín de papeles para el Dictamen Técnico, que es el documento más importante del proceso. Pasé dos años y medio viajando todas las semanas a la Dirección Municipal de la Vivienda, a preguntar si estaba el dictamen, pero todas las respuestas eran negativas. Ahora estoy a la espera de que firmen la propiedad, otro ciclo de espera. ¿Acaso no es esto burocracia extrema? Como no puedo pagar el dinero que piden para hacer el trámite rápido, tengo que pasar por los canales establecidos que se imponen para los no privilegiados”.

Carlota Menéndez, analista de alimentos de un centro científico, residente en el reparto Siboney del municipio Playa, reflexiona sobre el tema.

“La burocracia es la cepa de la corrupción. Hace unos años Raúl lanzó una batalla que redujo un millón de empleos sobrantes, pero no se modificaron las formas de gestión ni cambiaron las estructuras, eso trajo como consecuencia que ahora exista una burocracia más concreta”.

La analista relata que hace poco tuvo que hacer trámites en la Oficina de Control para la Distribución de los Abastecimientos (OFICODA) y se espantó con la cantidad de papeles y sellos que le pedían.

“Y la semana pasada perdí en la calle la libreta de la comida. Para confeccionarme una nueva debía llevar el carnet de identidad y un sello de cinco pesos, más el certificado de propiedad de la vivienda, acompañada de una solicitud firmada por el administrador de la bodega, el de la carnicería, el de la panadería y el del agro”.

Para Silvia Figueredo, retirada del sector de comercio por enfermedad, la burocracia la va a matar más rápido que sus males.

“Luego de trabajar por 40 años, me jubilé con una pensión de 96 pesos mensuales. Solo en medicinas se me van 105. ¿Qué te parece? Me indicaron que acudiera a Asistencia Social, donde ayudan a estos casos, pero el mar de papeles que debo presentar me hizo desistir”.

Abilio, de 36 años, natural de Marianao y cuentapropista, ha incursionado en varios oficios. Asegura que, de burocracia, podría dar una clase magistral.

“Primero fui bicitaxista. Para sacar la licencia fue de madre, por la cantidad de papeles y trámites que pedían. Luego, no la renovaron y tuve que trabajar sin licencia por dos años, exponiéndome a una multa o al decomiso del vehículo. Me cansé y lo vendí para poner una carretilla, pero los inspectores me hicieron la vida talco, porque tenía que estar moviéndola de lugar constantemente, hasta que un día encontré a un inspector que por unas malangas, unas cabezas de ajos y unas libras de frijoles se hacía el de la vista gorda. Hasta que una mañana que vino a cobrar le dije: ¡Vete al diablo! Vendí la carretilla y solicité un permiso para poner un puesto de venta de alimentos. Después de un papeleo que no se lo deseo a nadie, me dieron la autorización. Realicé una módica inversión y levanté un timbirichi en el portal, pero vinieron los inspectores y me dijeron que debía correrlo un metro más adentro. ¡Imagínate, otra vez el gasto de materiales y el pago de la mano de obra! Los mandé al diablo y tumbé el timbirichi. Ahora estoy vendiendo jabitas y punto”.

Autor

Guantánamo, 1963. Escritor y periodista independiente. Ha obtenidos diferentes premios internacionales en literatura y periodismo, entre los que destacan el Concurso Novelas de Gavetas Franz Kafka, organizado por Libriti Prohibiti de la República checa y los premios de reportaje Emilio Alejandro Núñez 2015 y el Hypermedia 2016, en España. Es miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

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