Infierno Verde

Entre la verde espesura del municipio guantanamero de Bayate, donde el calor penetrante se vuelve enemigo acérrimo de los hombres y mujeres, se vislumbra un campamento al que los reclusos llaman el Infierno Verde. Infierno de calor, infierno por la espesura de la vegetación, infierno porque la vida se vuelve infrahumana bajo esas condiciones. Para el gobierno cubano, el Infierno Verde recibe el nombre de Majimiana, un supuesto campo de trabajo correccional con internamiento.

Yobel Sevila, víctima de un proceso legal irregular, recibió aliviado la permuta de su pena. En lugar de cumplir los próximos cuatro años en el Infierno Verde, pagando con trabajo forzado el precio por defender los derechos humanos en Cuba, será recluido en un penal de Guantánamo. ¿Pero por qué alguien se alegraría de ser recluido en una prisión antes que acudir a Majimiana?

Un día en Majimiana se inicia a las 5 de la mañana con el conteo de los reos. Los reclusos marchan unos 8 kilómetros a pie por la montaña, tan sólo con un té y un pedacito de pan en el estómago,. Van a trabajar con trabajo” como relatan los ex reclusos, porque no hay condiciones normales para hacerlo: el que no tiene botas va descalzo, el que no tiene guantes corta lo que sea con las manos desprotegidas, y cuando el machete o la azada están desafilados se las ingenian con lo que haya. Trabajan bajo el calor del día en el campo, sembrando y deshierbando. Al filo de la tarde recorren de nuevo los 8 kilómetros de regreso, pero ahora cargando en sus hombros un leño de dos metros de largo. “El palo” es una obligación para todos, pues la comida se cocina con leña, y quien no lo trae debe regresar al campo para encontrar uno si quiere comer. Los ex reclusos confirman además que los encargados se enriquecen lucrando con los implementos de trabajo de los prisioneros.

Para ellos no somos hombres, somos una clase de animales. Todo es infrahumano, todo es llevado a cabo sólo para hacer sufrir al reo”, reveló Reneldo Sánchez Torres, ex privado de libertad en Majimiana, quien fue condenado por razones políticas a dos años, al trabajar para el colectivo Unión Patriótica de Cuba (UNPACU).

Los hombres desfilan bordeando el río, donde deben asearse en 15 minutos, aunque el jabón y la pasta de dientes desaparezcan misteriosamente del campamento, porque la regla es que si te dan un cepillo de dientes no te dan la pasta, y así sucesivamente. También los implementos de aseo forman parte del comercio ilícito de Majimiana.

A las 6 de la tarde se reinicia el conteo llamando a cada uno por su apellido. El reo debe responder dando un paso al frente o diciendo su nombre. En la cena no hay sorpresas, pues el hueso de pollo del almuerzo se vuelve a sumergir en la sopa de la noche. Este, o un poquito de arroz y frijoles, son los platos diarios. Esta rutina se repite “todos los días del mundo” de acuerdo con los testimonios.

En el Infierno Verde las golpizas, el chantaje de parte de los encargados para permitir a los prisioneros ver a sus familias, y la celda de castigo, donde meten hasta 10 de ellos en un espacio de dos metros de alto por seis metros de ancho, son una parte de lo contado por diversos disidentes y defensores de derechos humanos. Las condiciones de vida se agravan al hacer arduos esfuerzos físicos, recibiendo poca comida y, a veces, hasta careciendo de agua.

A los 7 meses no aguanté el castigo fortísimo que había ahí, la comida, el chantaje. Decidí ir a la prisión estatal donde cumplí mi condena de cuatro años de privación de libertad. Decidí ir a la prisión provincial de Guantánamo porque lo que se vive en el Infierno Verde es terrible, y más terrible aún, su celda de castigo. La gran mayoría prefiere ir a la prisión provincial antes de ir a Majimiana”, mencionó Yordis Beltrán, quien fue recluido a los 17 años de edad, hacia el año 1999.

Arturo Acosta, defensor de derechos humanos y observador de prisiones, mencionó que Majimiana no es el único centro de trabajo correccional en la provincia de Guantánamo, aunque sí el más destacado debido a sus precarias y denigrantes condiciones. También existen Carbonera -donde los presos producen carbón- y Loma Blanca.

La cantidad de reclusos en Majimiana oscila entre los 40 y los 60. Las razones de su internamiento varían, pero los testimonios parecen confirmar que los disidentes son confinados allí bajo dos premisas: aislarles de su trabajo y castigarles por el mismo.

Acosta destacó una historia anónima dentro de los testimonios recolectados por la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional: yo, que nunca me he topado con Lucifer, siempre he tratado de olvidar el mal rato, el sinuoso camino, la soledad, el canto triste de la torcaza y, sobre todo, de borrar de mis recuerdos lo vivido en el Infierno Verde”.

Autor

Miranda Fuertes is human rights defender focused on Cuba and based in Prague, Czech Republic

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